Llego al consultorio algo apresurada. Abro la puerta y me dirijo a la mesa de la secretaria.
Hago una mirada general. Un viejo de unos 70 años, una señora de unos 50 leyendo revistas, una mujer con una adolescente que miraba obsesivamente su celular, como si leyera la única verdad sobre la vida. Y otras personas que no alcancé a focalizar ya que la secretaria me llamó para luego invitarme a esperar, el doctor llevaba un retraso de 30 minutos con los pacientes.
Veo un asiento vacío y me siento en el.
Y así observo la escena:
Veo un asiento vacío y me siento en el.
Y así observo la escena:
Una familia típica.
Una madre y padre, 3 hijos pequeños, enfermizos.
La niña estaba sobre la madre, moviendose sin cuidados sobre sus brazos, manchando la cartera de ésta con baba. Mi mirada sintió pavor y dirigí mis ojos a otro objetivo.
El mayor de los niños jugaba con la cortina de la ventana que llevaba de luz al consultorio con olor a desinfectante, reía pero no sacaba ni un instante la mano de su boca, divertido. Estaba en esa edad de la vida en la cual el mundo es muy grande pero vos sos el triple de alto y no importa mucho si tus medias quedaron negras por el polvo de la calle. Edad admirable. No paraba de moverse.
La niña estaba sobre la madre, moviendose sin cuidados sobre sus brazos, manchando la cartera de ésta con baba. Mi mirada sintió pavor y dirigí mis ojos a otro objetivo.
El mayor de los niños jugaba con la cortina de la ventana que llevaba de luz al consultorio con olor a desinfectante, reía pero no sacaba ni un instante la mano de su boca, divertido. Estaba en esa edad de la vida en la cual el mundo es muy grande pero vos sos el triple de alto y no importa mucho si tus medias quedaron negras por el polvo de la calle. Edad admirable. No paraba de moverse.
El menor, sentado, al lado del mayor parecía un cuerpo tan pasivo, increíblemente pequeño, un rapado al raz extrtaño y con sus manos sobre la silla. Miraba a su padre con ojos mezclados entre admiración y necesidad de que el adulto mueva unos milimetros los globos oculares.
Al fin, llegamos al personaje más anhelado: el padre.
Clavado sobre un libro, el hombre absorbia las letras entre los dientes y las digerira con las respiraciones que en tanto dejaba entrar. Estaba en otro planeta, no estaba ahí, claro que no. El objeto en sus manos tomó su vida y el parecía contento con ello.
La escena era increíble. Pero era aún más increíble saber que ese hombre al llegar a casa, tomaría el revolver y con 5 balas salvaría las palabras que estaba leyendo con la sangre en el piso de la cocina.
Pero mi turno llegó y me alejé de esa familia para siempre.
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